Era día de fiesta no tenía colegio. Cerca de su casa había un parque con unos canales dónde los niños jugaban. Jaime tenía un barquito teledirigido que subía y bajaba el canal y así pasaban las horas hasta el momento de irse a casa.
Cuando llego a su puerta unos hombres descargaban unos enorme sacos de patatas. Eran tan grandes que el vio como lo metía en la despensa de su casa. Jaime le daba miedo pasar por la puerta. La despensa era muy grande y oscura solo tenía una pequeña ventana para que entrara el aire.
Siempre que pasaba se encojía de miedo. Los sacos los pusieron dejado caer en la pared y cuando miraba por la rendija de la puerta parecían hombres. Y el miedo lo paralizaba. El ruido que sale de la despensa cuando llega la noche en su habitación no lo dejaba dormir. Y se tapaba la cabeza con las sábanas. Ya lo habia comentado a sus papás. Pero no lo creían y le decían que era su imaginación.
La mama le dio un besos para que no tuviera miedo. Esa noche el ruido era insoportable. Y se preguntaba cómo no lo escuchaba nadie de la casa. Y armándose de valor poniéndose una manta en la cabeza, se acercó. Y con mucho cuidado miro por la abertura de la puerta. Se sentó de culo del miedo al ver que las patatas se salieron del sacó. Y una detrás de otra, en formación, y una grande y gorda era el sargento.
Jaime quiso entrar para jugar con ellas. Ya no tenía miedo. Y se fue a su cama más tranquilo y durmió toda la noche.
La Abuela de los cuentos.
Moraleja no hay que tener miedo. Solo eran patatas
La Abuela de los Cuentos
Los sueños y el alma de los Rocianeros
Ya habían pasado las fiestas, la tarde estaba en calma y en el centro de la plaza, un gran globo, con un cesto enorme. Cabían unos quince chiquillos.
Estaban muy nerviosos por subirse.
Subimos a la cesta. Yo también, como abuela tenía que cuidarlos.
Los señores no lo soltaban del todo, sólo unos dieciséis metros del suelo.
Todos alucinabamos. Miré a un lado y a otro. Me quedé inmóvil cuándo vi en el horizonte de la calle Alameda, con su agradecer, esos colores... violeta, azul, amarillo, anaranjado. ¡Cuánto brillaba!. Parecía que los podía tocar. Pero... lo qué me impresionó fue su Torre.
Qué Torre... tan esbelta y elegante...
Desde cualquier punto se puede ver.
Si vienes de Almonte, ahí está . Si de Villarrasa, parece que te está esperando y te dice: "Te echaba de menos ". Y si de Bollulos, qué pensará, qué pensará cuando te ve venir.
Es la Torre más gallarda que hay en la comarca!.
- Mis queridos niños, sabéis de qué pueblo os hablo?
- Claro que sí ¡¡¡Rociana!!!
De qué color pintariais su nombre?
-Verde, como sus campos
- Rojo, como sus fresas
- O transparente, como sus uvas.
Rociana! Paladéala...
A vosotros niñosos toca conservarla, su olor, su color, blanca como su Torre.
Me dicen que no.
Rociana es un dibujo. Algunos se salen de él, pero como en el cole o en la vida hay que corregirlos para que la próxima vez, lo hagan correctamente.
Tenéis que conservarla, para que cuando seáis mayores y paseando con vuestras novias por sus calles, plaza, en la hora del Crepúsculo recordaréis sus olores...a dama de noche y jazmín y a otros, como el bizcocho que sacaba la abuela del horno en ese momento. Esos olores que salen por todas las rendijas de las puertas.
Volvemos a la plaza y a su Torre en el centro y que no deja de mirar sus calles... Amargura, recta hasta la peana de Miguel Hernández.
Su calle S. Bartolomé, qué la mira de reojo por si viene la Señora de Rociana y su calle Sevilla con sus casas señoriales.
Ay niños! Si supiera escribir, cuantas cosas escribiría...
Pero, ahi está, como un torero en el redondel, recogiendo los sueños de todos y la plaza de Capote, tan llena de vida... con esos infantes corriendo de un lado para otro, sus juegos, sus risas... ¡Cuanta felicidad y alegría! Y sus muros, donde guarda los sueños y el alma de todos los rocianeros.
La abuela de los cuentos
Estaban muy nerviosos por subirse.
Subimos a la cesta. Yo también, como abuela tenía que cuidarlos.
Los señores no lo soltaban del todo, sólo unos dieciséis metros del suelo.
Todos alucinabamos. Miré a un lado y a otro. Me quedé inmóvil cuándo vi en el horizonte de la calle Alameda, con su agradecer, esos colores... violeta, azul, amarillo, anaranjado. ¡Cuánto brillaba!. Parecía que los podía tocar. Pero... lo qué me impresionó fue su Torre.
Qué Torre... tan esbelta y elegante...
Desde cualquier punto se puede ver.
Si vienes de Almonte, ahí está . Si de Villarrasa, parece que te está esperando y te dice: "Te echaba de menos ". Y si de Bollulos, qué pensará, qué pensará cuando te ve venir.
Es la Torre más gallarda que hay en la comarca!.
- Mis queridos niños, sabéis de qué pueblo os hablo?
- Claro que sí ¡¡¡Rociana!!!
De qué color pintariais su nombre?
-Verde, como sus campos
- Rojo, como sus fresas
- O transparente, como sus uvas.
Rociana! Paladéala...
A vosotros niñosos toca conservarla, su olor, su color, blanca como su Torre.
Me dicen que no.
Rociana es un dibujo. Algunos se salen de él, pero como en el cole o en la vida hay que corregirlos para que la próxima vez, lo hagan correctamente.
Tenéis que conservarla, para que cuando seáis mayores y paseando con vuestras novias por sus calles, plaza, en la hora del Crepúsculo recordaréis sus olores...a dama de noche y jazmín y a otros, como el bizcocho que sacaba la abuela del horno en ese momento. Esos olores que salen por todas las rendijas de las puertas.
Volvemos a la plaza y a su Torre en el centro y que no deja de mirar sus calles... Amargura, recta hasta la peana de Miguel Hernández.
Su calle S. Bartolomé, qué la mira de reojo por si viene la Señora de Rociana y su calle Sevilla con sus casas señoriales.
Ay niños! Si supiera escribir, cuantas cosas escribiría...
Pero, ahi está, como un torero en el redondel, recogiendo los sueños de todos y la plaza de Capote, tan llena de vida... con esos infantes corriendo de un lado para otro, sus juegos, sus risas... ¡Cuanta felicidad y alegría! Y sus muros, donde guarda los sueños y el alma de todos los rocianeros.
La abuela de los cuentos
Un día mágico
Queridos
niños:
Voy
a contaros una historia que me pasó. Era una mañana preciosa, el
sol estaba radiante, y cogí a mis dos nietos que en ese momento
estaban conmigo. Sabréis que tengo más nietos, pero como iba
diciendo les dije “vamos a la playa”.
Cogimos
nuestras cosas y empezamos a andar. No nos quedamos delante de la
casa, nos fuimos a unas dunas para estar un poco resguardados.
Queridos niños, sabréis qué son las dunas. Son montañas de arena
que el viento mueve. Perdonad que me salí de la historia. Nos
sentamos a mirar al mar.
Cuál
fue nuestra sorpresa al ver unos camellos. No era uno ni dos, eran
10, uno detrás de otro y el camellero delante. Nos quedamos
admirados de ver esos animales tan grandes y extraños y me levantéy
me fui hacia ellos y le pregunté al camellero. El hombre me dio
muchas explicaciones, que eran dóciles, que tienen mucha resistencia
y que beben 150 litros de agua de un trago. Los niños alucinaban. Yo
no quería que los tocaran pero me dijo el hombre que no daba
alergia. Nos dijo que montáramos.
Yo
tenía un poco de miedo. Los niños dijeron que se querían montar y
así lo hicimos. Mario en el centro, Lucía a un lado y yo en otro.
Como yo pesaba mucho tuvimos que poner una cántara para que fuera
igualado.
Empezamos
a andar y estábamos muy contentos. Eran muy cómodos y con el
traqueteo parecía que estábamos en un balancín. Estábamos tan
contentos que parecía que volábamos. Cuando de pronto se cayó una
rama de un árbol y el pobre camello se asustó y empezó a correr.
Por más que Mario le decía que se calmase, él corría.
Estuvimos
más de una hora corriendo y de pronto se paró. Era como un oasis,
había un lago y palemeras. El camello se echó y pudimos bajarnos.
Estábamos un poco asustados porque se estaba haciendo de noche y no
sabíamos dónde estábamos.
El
camello empezó a comer unos cuantos dátiles que había en el suelo.
Yo cogí unos cuantos y comimos. El camello se tumbo y nosotros con
unas mantas hicimos como una cabaña y nos dejamos caer sobre el
camello; estábamos más calentitos.
Y
así pasamos la noche. Conté muchas historias de caballeros y
princesas hasta que se quedaron dormidos. Al amanecer sentí un ruido
y miré y era un helicóptero. Hicimos señas con las linternas y nos
recogieron y nos llevaron a casa.
Así
termina nuestra aventura.
La Abuela de los Cuentos
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El Miedo y las patatas
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